La lectura y la escritura en los procesos de educación y de formación,
y el papel de la
universidad en estos procesos
Empezaré
este blog por intentar identificar la relación entre la universidad y los
procesos de lectura y de escritura; para lo cual es importante hacer referencia
a los conceptos de educación y de formación.
Sobre la educación
El
concepto de educación se revisa a partir de los planteamientos del profesor
Humberto Quiceno (2002), quien identifica dos rasgos de la educación: dónde se
hace y qué enseña:
La
educación existe para que uno se identifique con lo que dice la ciencia
(pedagogía, y ciencias humanas) de uno mismo. La institución es pues el lugar
en donde se transmiten con técnicas, reglas y procedimientos, a veces violentos,
lo que el hombre debe saber. ¿Qué debe saber el hombre? Lo que debe saber es
cómo ser hombre, que no es otra cosa que lo mismo que le dicen las ciencias
humanas y lo mismo que le dice la institución (p. 96).
Se
expresa aquí una evidente conexión entre la educación y la institución, pues es
en la institución en donde se da el acto de educar, la institución propicia las
condiciones para que el profesor enseñe al estudiante, ofrece una disciplina
que implica “el orden, la medida, el
encierro, la vigilancia y el control” (Quiceno, 2002, p. 90) para
garantizar que el estudiante aprenderá cómo ser hombre. Se destaca que a través
de la educación, según Quiceno (2004), se forman individuos que reconocen las
relaciones sociales e institucionales y asumen sus roles en los procesos, en
relación a ellas. En este sentido, la educación ofrece un modelo de hombre, un
ideal de hombre que sirve de parámetro para educar.
Maturana
y Nisis (1998) consideran que la educación está capacitada para dar las
condiciones que posibiliten en el estudiante decidir adecuadamente, no se trata
de la especialización que constriñe la actuación, sino de generar en el
estudiante la ampliación de su capacidad de acción mediante la reflexión del
mundo que vive, que es lo que le permite decidir correctamente entre lo
adecuado o lo inadecuado. La imagen de aquello adecuado o inadecuado, es
presentada, según Quiceno, por las ciencias humanas mediante la institución a
través de la información ofrecida en la educación. Así, el objeto tanto de la
educación como de la escuela son para Quiceno:
los
conocimientos, las informaciones, los datos, las valoraciones, los juicios, las
palabras, las percepciones, es decir, las facultades intelectuales, emocionales
y sensitivas […] refiriéndolas a los propios conocimientos, al saber, a la
información, es decir, al ser de la ciencia (Quiceno, 2004, p. 199).
La
educación, entonces, tiene una función en la conciencia y en el intelecto. Con
la educación se espera que las personas aprendan a pensar qué hacer para
cambiar sus vidas, cómo y por qué hacerlo para estar mejor, o sea, la
expectativa que tiene la sociedad de la educación es la construcción de
personas conscientes, que puedan proyectarse para mejorar.
Beatriz
Restrepo (2001), por su parte, sostiene que la educación también debe procurar
que el estudiante adquiera y desarrolle capacidades y actitudes que generen las
condiciones de igualdad, participación y justicia; propios de los ciudadanos.
Para Restrepo, el objetivo de la educación debe ser éste: la “formación” de
ciudadanos (2001, p. 73). ¿Por qué se propone la “formación” (educación para
mí) de ciudadanos como la razón de ser de la educación? ¿Por qué la educación
presenta una idea de hombre, a través de la cual se invita a mejorar la vida de
cada persona? Restrepo sostiene que se busca tener una buena vida (2001, p. 70), y mientras las personas puedan ser
mejores ciudadanos y contribuir al mejoramiento de la sociedad, su vida podrá
ser mejor en tanto miembro de dicha sociedad. De este modo, parece que a juicio
de la sociedad, la educación juega el papel de transporte a la realización,
superación, prosperidad. Así, en el marco de sus propios límites, la educación debe
dar los elementos para que a través del mejoramiento de la vida personal mejore
la sociedad y viceversa.
Es
obvio que la educación no se puede encargar de mejorar la vida personal, pero
sí de cooperar a este fin. En tal sentido, la educación debe establecer sus
propias formas y alcances y plantearse sus objetivos en relación con los
requerimientos a los que pueda y deba responder; así, la educación debe
escuchar las demandas de la sociedad e intentar suplir las necesidades por ella
expuestas, sin perder de vista su objetivo y sin ponerse metas inalcanzables.
Abordar tales alcances y límites de la educación sirve para adentrarse en la
educación universitaria, que es específicamente la que concierne a este blog, y
que tiene objetivos particulares por dedicarse a los niveles profesionales y de
especialización.
Para
empezar, la dinámica educativa universitaria se desarrolla, según Ortega y
Gasset (2004), basada en la ciencia. Humberto Quiceno (2002) sigue llamando a
la educación universitaria instrucción,
pero debe entenderse como una instrucción encaminada a “formar” ciudadanos, a
dar una idea de hombre capacitado para mejorar su vida y su entorno, con
fundamento en la ciencia. Dicho en otras palabras, la universidad ofrece las
carreras de Sociología, Filosofía, Contaduría, Biología, Administración,
Arquitectura, Matemática, etc. porque la sociedad requiere personas que sirvan
a la sociedad en los ejercicios propios de tales profesiones, en el marco de
las necesidades sociales. Es en este sentido que la profesión nunca debe
desligarse del propósito de “formar” ciudadanos [1].
“Formar”
ciudadanos tiene dos aspectos importantes: 1) involucra la responsabilidad que
tiene la educación ante la sociedad (la ciudad), una responsabilidad de aportar
a las necesidades de dicha sociedad, en aquellas que la educación –considerando
sus límites y alcances– pueda aportar; y 2) el hecho de referirnos a la “responsabilidad”
implica asumir ese rol con seriedad, y la forma como la educación debe asumir
con seriedad tales necesidades sociales es aproximándose a la comprensión y
respuesta de las mismas desde las ciencias y disciplinas científicas.
Luis
Bernardo Peña (1989), en el Cuarto seminario del Simposio permanente sobre la
universidad, señala que la universidad debe ofrecer un conocimiento general que
trascienda las fronteras de las profesiones, esto lo propone como una condición
sine qua non para la persona que se
diga educada. Tal conocimiento general sustrae la esencia de la cultura y
comunica las disciplinas entre sí, por tanto “debe estar en el centro y en la base del curriculum universitario… [pues
sin él] los saberes especializados y
particulares gravitarían difusos y desorbitados” (Peña, 1989, p. 19).
Ahora
bien, José Ortega y Gasset (2004), en su texto Misión de la universidad, afirma que la tarea central de la
universidad es la “ilustración” del hombre, de enseñarle la cultura del tiempo,
de descubrirle con claridad y precisión el mundo presente, donde tiene que
encajarse su vida para ser auténtica (p. 18). A la luz de esto, la educación
tiene la tarea de “entregar” al estudiante los marcos teórico-conceptuales y
contextuales que le posibiliten comprender la experiencia, relacionarse con
ella de un modo que le sea inteligible y abordable. Dicho en otras palabras, se
concibe que la educación debe posibilitar la construcción de personas
conscientes, y que puedan elegir acciones adecuadas después de pensar y
pensarse en el contexto. La universidad ofrece educación y es a través de ésta
(la educación) que establece una dinámica basada en el orden, la medición, la
vigilancia y el control, ejercidos a través de técnicas, reglas y
procedimientos (programación de las asignaturas por semestre, con sus
prerrequisitos, organización de los contenidos de las asignaturas, realización
de talleres, exposiciones, exámenes, trabajos individuales y grupales,
asesorías, entre otras actividades) encaminados al desarrollo del individuo en
los términos ya mencionados, amén de la imprescindible relación estudiante-profesor
legitimada por la institución. Asimismo, se considera que la educación
universitaria debe contener un núcleo básico de conocimientos científicos que
conecten las disciplinas a fin de hacer inteligible la experiencia, pues se
trata de ver un objeto en su contexto mediante los diferentes saberes que le
explican. De este modo, se entiende que las facultades desarrolladas en la
educación universitaria se generan (esto es lo que se busca) enseñando ciencia, y con ello se pretende llevar a
los estudiantes a ser ciudadanos (Restrepo, 2001), de modo que logren impactar
positivamente su vida y la de su comunidad, mediante la aplicación de sus
saberes.
Sobre la formación
La
formación sucede en una búsqueda personal, a partir de intereses e inquietudes
personales, no hay preocupación de salir reprobado por alguien (el profesor, la
institución), sino que es la construcción que se da una persona a sí misma, a
partir de un ideal escogido y elaborado también por sí misma.
Humberto
Quiceno escribe un artículo sobre Rousseau
y el concepto de formación (1995, p. 74), en el que sostiene que Rousseau se
sometió a un proceso de formación y mantenía en estados característicos de este
proceso: la contemplación, la
observación, la meditación, la reflexión, la angustia, la revisión y la
confirmación, que constituyen motivaciones para indagar y tomar posturas. Plantea,
Quiceno (2002) que la formación es un concepto estrechamente ligado al sujeto,
al hombre y a la subjetividad. La formación se propone como un autodesarrollo
en el cual se busca llegar a ser sujeto.
En
referencia al significado de sujeto en
este contexto, consideremos lo que plantea el profesor Fernando Cruz (1998): el
concepto de sujeto lo relaciona con
la libertad, principio de individuación y autonomía. La formación apunta a la
liberación de la persona, por cuanto los discursos autoritarios le esclavizan.
El proceso de formación da cuenta, entonces, de un proceso de emancipación. El
Evangelio según San Juan, capítulo 8, versículo 32, versa sobre la libertad: “Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Nueva Versión Internacional). Algo que a veces suena como
un dicho popular, aplica para el proceso de formación: la verdad libera de las
mentiras que subyugan a la persona. Esta libertad se da necesariamente a partir
de distanciarse, para observar tranquila pero minuciosamente, hasta romper con
los esquemas mentales producto de la educación de la persona a lo largo de su
vida. La libertad es posible a raíz de una “desprogramación”, seguida de –por
decirlo así– una “reprogramación autodirigida”.
Tomar distancia de
los discursos aprendidos tiene un efecto similar a lo que sucede cuando algo se
ve borroso por estar muy cerca de los ojos, pero cuando se aleja la figura se
define permitiendo ver claramente su forma. Acercarse a la verdad, posibilita
ver mejor y por lo tanto distinguir grietas y desequilibrios. Algo que parecía
ser una cosa, después del proceso de formación es definitivamente otra cosa,
resultado de la “reprogramación autodirigida”. El punto es que el proceso de
formación, al ser constante, permanente, se trata también de una
desprogramación permanente que abre horizontes cognoscitivos reiteradamente.
Así, la formación es el proceso que se vive para distanciarse de cosas que
parecieran normales de ver y vivir. Este sentido parece mantenerse inconcluso
tal proceso, en tanto siempre habrá cosas consideradas normales de ver y vivir.
Todo aquello que antes era normal, pasa a ser examinado por el sujeto para determinar si son yugos de
los cuales debe liberarse, en tanto los distingue y se encamina en una búsqueda
de la verdad.
Formarse
es darse forma a sí mismo, parafraseando a Fernando Cruz (1998), requiere “contemplar-se, conocer-se, ocupar-se de sí,
controlar-se, […] hacer-se, lograr que el sujeto se piense como hacedor de sí
mismo” (p. 158), en el sentido que intenta construir su ideal de sí. Por
ello el sujeto se despoja de opiniones y prejuicios, porque son precisamente
éstos los que no le permiten elaborar un proyecto genuino de sí.
Cuestionar
tales “verdades” aprendidas significa entrar en tensión con el estado de
sujeción que ha fundado y constituido a la persona (Cruz, 1998). Se habla de
sujeción, por cuanto la persona deviene en un proceso de instrucción permanente
(en la familia, las instituciones educativas, la ley), que le incluye en la
sociedad al paso que le sujeta a la cultura. La formación invita a hacer una
separación de lo aprendido en dicho proceso de instrucción. Ello requiere de
dos elementos, planteados por Fernando Cruz (2007a), que pueden identificarse
como básicos: 1) La curiosidad, como el deseo de saber que impulsa a
entremeterse, inmiscuirse en asuntos en los que aparentemente no se debe,
porque todo parece normal y bueno o porque los rangos socio-económicos y/o
académicos señalan que el statu quo
no puede ser mejorado por los ciudadanos comunes y en tal caso no pueden ser
criticados; y 2) El espíritu crítico, que coadyuva en la identificación de
desequilibrios o vacíos sospechosos. La curiosidad posibilita la indagación,
porque ahí se encuentra el deseo de saber; la indagación solo puede darse a
partir de entender que no todo se sabe y que tal vez hay desequilibrios o
vacíos; el espíritu crítico puede advertir tales desequilibrios, a lo que
sucede el cuestionamiento y la crítica que posibilitan la elaboración de una
representación propia, es decir de sí y para sí.
La
imagen que se hace cada quien de sí mismo, es una imagen estética y ética, y
parte del cómo ve a los otros y cómo ve “el
lenguaje, la libertad, el poder, el conocer” (Quiceno, 2002, p. 95) en
relación consigo mismo, con su propia situación; por tal motivo, no puede ser
una visión prestada por otra persona (o institución, por ejemplo). Dicho de
otro modo, la institución modela al sujeto, y la formación no es posible en el
encierro o privación de la libertad ejercidos por medio de ninguna “fuerza”, “de instituciones escolares, de métodos, de
pedagogías, de procesos de instrucción” (Quiceno, 1995, p. 81). Ello no
significa que la universidad como institución imposibilite la formación, de
hecho en ella se encuentran información y espacios que pueden ayudar a que una
persona se forme, pero no es aquella información que la persona debe aprender y
aquellos espacios en los cuales debe participar, como demanda de la institución
para ser aprobado y recibir la acreditación que busca con la educación y que
sólo tal institución puede darle.
Por otra parte, la
formación no se hace como un pasatiempo, sino como el proyecto de sí, un
proyecto serio de autoconstrucción, pero que solo es posible complaciéndose en
tal proceso. Es decir, quien se forma debe desear el proceso, complacerse en el
proceso. Así,
la persona solo puede formarse cuando tiene hambre de saber; hambre que se
siente a partir de reconocer precisamente que no se sabe, cuando se rinden las
opiniones aunque sea solo por la leve sospecha de su precisión e inocuidad;
hambre que, en últimas, suscita en quien se forma, el placer de calmarla. El
hambre, el deseo del que aquí se habla parece hermanarse con el deseo requerido
para la filosofía. El deseo es entonces una condición sine qua non tanto para formarse como para filosofar, para que sea
posible la formación.
En
sintonía con lo anterior, Quiceno (2002) advierte que la literatura y la
filosofía han incidido en la formación de sujetos, en el disfrutar de la
formación. Aún Cruz (2007b) sostiene que cumplen un papel liberador, y
posibilitan “explorar el otro lado de la
existencia humana” (p. 58), no el ofrecido en una institución, pues la
formación se aparta de toda imagen provista por otro. Así, a través de la
literatura y la filosofía se ha develado una “complicidad” entre la ciencia y
la institución, arguyendo que se puede saber qué es ser un hombre y lo que se
es como hombre mediante la formación, que es solitaria y en la que cada quien
es el gestor de la suya. La construcción de sujeto, según lo planteado por
Humberto Quiceno (2002) se genera en el hablar, meditar, leer y escribir
consigo mismo sobre lo que se siente, se desea, se ama, es decir, sobre la
subjetividad.
Finalmente, para
los fines del presente blog, la formación se puede definir como un proceso
introspectivo a través del cual las personas buscan modelar sus formas estética
y ética a partir de una construcción hecha por ellas mismas. La preocupación de
la autoconstrucción surge en las personas a partir de identificar grietas o
desequilibrios conducentes a estados de contemplación, que generan deseo de
saber y conllevan a la reflexión del mundo en relación consigo mismas y
viceversa. Así, la formación solo se da cuando se toma distancia de los
discursos tradicionales aprendidos e interiorizados, de las instituciones, en
vía de buscar la verdad, tener conciencia de sí, de lo que se hace, por qué se
hace, logrando así la emancipación. La curiosidad y el espíritu crítico juegan
un importante rol, en términos de la indagación y cuestionamiento que generan
tal emancipación. Así, el proceso de formación implica que las personas dirijan
libremente su autoconstrucción para ser sujetos,
a partir de una constante reflexión de su papel en el mundo, de su contexto
histórico, de su presente, de su vida.
La lectura
y la escritura en la educación y en la formación
Pensemos primero la
educación en relación con los procesos de lectura y de escritura. La educación
requiere entregar a los estudiantes marcos teórico-conceptuales y contextuales
para la comprensión de los objetos de estudio. ¿Cómo se entregan tales marcos
teórico-conceptuales? ¿Cómo acercarse a las perspectivas teóricas de una
disciplina? ¿Cómo conocer los planteamientos de los autores que desarrollan
tales perspectivas? La lectura es un medio de adquisición de información muy
relevante para la educación universitaria. Nunca será suficiente con lo que el
profesor exponga en una clase. Se requiere que el estudiante tenga la
posibilidad de clasificar la información y hasta contrastar lo que el profesor
dice en la clase de un autor o de la perspectiva que se esté abordando con lo
que el estudiante haya leído de este autor o sobre dicha perspectiva.
La forma que tiene
la comunidad científica de dar a conocer los avances en los saberes es
básicamente a través de los textos escritos (artículos y libros) y de eventos
académicos (foros, congresos, seminarios). Pero, según Paula Carlino (2004),
los textos escritos tienen la facultad de permitir que el lector comprenda
gradualmente y a un ritmo propio los planteamientos ahí publicados. También, hay
más accesibilidad de los estudiantes a los textos, que a los eventos
académicos. Pero, en este mismo orden de ideas, ¿cómo exigir que un estudiante
lea, sino entiende los textos que la universidad requiere que lea? Enseñar a
leer no parece una opción para la universidad. Los profesores Mauricio Pérez y Gloria
Rincón (2013) afirman que es precisamente en la educación superior donde se
piensa la didáctica de la lengua en relación con los procesos de lectura y de
escritura. Además, el tipo de saberes y de textos sobre estos saberes que el
estudiante debe comprender y producir son tan particulares que la universidad
debe involucrarse en el proceso de enseñanza de leer y escribir tales textos,
en aras de una adecuado entendimiento de los mismos y de una inclusión de los
estudiantes al manejo de los discursos propios de su profesión.
Por otra parte, es
obvio que el proceso de formación tampoco puede darse sin la lectura. Más aún,
la lectura es un proceso característico de la formación en tanto ofrece el
espacio para indagar sobre aquello que interesa a la persona. Quien se forma,
lee sobre lo que le importa, sobre lo que le preocupa, sobre lo que quiere
entender, sobre aquello en que se quiere formar; y decide qué leer y a quién
leer, de qué posturas separarse y con cuáles aliarse, precisamente en su
proceso de tomar distancia de las verdades aprendidas, dadas, generalmente
aceptadas, en una búsqueda de la autoconstrucción.
La curiosidad como
elemento fundamental de la formación es algo que definitivamente lleva a hacer
lecturas relacionadas con el interés del lector, porque es una curiosidad que
lleva a la acción, que evidencia hambre de saber aquello que se ignora. Además,
¿cómo conocer sobre lo que se quiere saber, sin revisar varias perspectivas que
lo piensen? Sin duda, los diversos planteamientos sobre algo posibilitan una
mejor comprensión de ello.
Ahora
bien, no podemos desligar la lectura del placer de saber. Decía Quiceno (2002)
que la literatura y la filosofía han contribuido a la formación de sujetos. Yo
creería que la filosofía ha ocupado el lugar del placer: la filosofía como
deseo de saber [2] que, al ser satisfecho,
produce placer. Y la lectura y la escritura, no la literatura (no solamente),
contribuye a la satisfacción de este deseo. Veo en la lectura y en la escritura
lo que Quiceno ve en la literatura: la posibilidad de disfrutar el proceso de
formación, de disfrutar la confrontación, el encuentro con la verdad.
La
lectura y la escritura son consideradas por Pérez y Rincón (2013) como instrumentos
que coadyuvan a la aprehensión de conceptos y elementos de las disciplinas de
conocimiento. Por un lado, la lectura de textos en torno a una
problemática posibilita “escuchar” puntos de vista –a veces contrarios– sobre
la misma. De igual modo, las cuestiones que se hagan los sujetos sobre tales
textos, o el diálogo que puedan establecer con ellos y entre ellos, contribuye
a la construcción conjunta de conocimiento. La escritura por su parte, obliga a
quien escribe a esforzarse para poner en orden sus ideas, pensamientos,
concepciones a cerca de un problema, de modo que sea inteligible para un
determinado lector, permitiendo a su vez determinar incoherencias en sus ideas.
En este sentido, la escritura contribuye a saber el grado de aprehensión de
conocimiento dado que en ella se exterioriza el saber finalmente aprehendido;
amén de que le ayuda a construir un discurso que pueda también dialogar con
otros.
En
sintonía con lo anterior, la educación universitaria y la formación requieren de
la lectura y de la escritura, para lograr sus objetivos. Es impensable educarse
y formarse sin leer y escribir aquello que se estudia y sobre lo cual hay el
interés de moldearse. Educarse implica saber sobre aquello que se estudia, y
ese saber debe ser comprendido y aprehendido mediante los procesos de
compresión y de producción textual. De igual modo, leer y escribir son
condiciones sine qua non del proceso de
formación, por cuanto involucra la transformación de la persona, suceso posible
sólo mediante la apropiación de los saberes, a la cual contribuyen la lectura y
la escritura.
Finalmente,
la universidad no sólo debe ofrecer educación sino que debe promover los
procesos de formación. La educación superior debe tener una imagen de hombre
ideal, patrón bajo el cual eduque y coherente con el objetivo de “formar”
ciudadanos, libres y conscientes. Y al mismo tiempo, debe promover la formación
de los sujetos, encaminándose a contribuir a la libertad de las personas. Así, la
lectura y la escritura son procesos que de ninguna manera pueden desligarse de
la universidad.
Notas
[1] Las comillas de “formar”
ciudadanos como objetivo de la educación se mantienen durante todo este texto,
porque el concepto de formación es diferente al que se plantea aquí, y el
término “educar ciudadanos” no logra decir adecuadamente que la educación debe
encaminarse al objetivo en mención. Por tanto, sigo diciendo que el objetivo de
la educación es “formar” ciudadanos como lo hace Beatriz Restrepo, pero con las
comillas que hacen la salvedad para la comprensión.
[2] No profundizaré en
torno al concepto de filosofía, pero al respecto puede verse a Jean Francois
Lyotard (2004) en ¿Por qué filosofar? España:
Ediciones Paidós.
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(2001). Aristóteles y la educación. En Pensadores de las ciencias humanas.
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